1. Regalitos
Figurita de Mazinger Z y película de John Carpenter. Casi lo más.
Y de invitados en la foto, el doctor Heinz Doofenshmirtz, una patita del buen primigenio de Cthulhu, las patitas de uno de los monstruos de Maurice Sendak, las seis novela de Robin Hobb, la cabeza de Evelina y alguna cosita más de las miles que tengo en mi cueva.
Momento de compra masiva que nos ha dado a los cuatro en la fira de reyes ante un puesto de películas a dos euros. ¿Resultado? Super 8, los dos primeros Harry Potter, Monstruos unvs. alienígenas, un western con Jim Brown y Lee van Cleef que creo que vi de chiquito, tres películas de Boris Karloff (El ladrón de cadáveres, El terror y Bedlam, hospital psiquiátrico) y tres thrillers que no he visto y a los que tengo ganas (El asesino poeta de Douglas Sirk, D.O.A., la versión de Edmond O'Brien y Hermanas de Brian de Palma). De todo un poco y terriblemente contento.
2. El momento en que A. se ha enfundado el traje de vengadora justiciera y ha salido a la calle a impartir justicia. Vivimos en una calle céntrica y popular. Eso tiene sus ventajas. E inconvenientes, claro. Uno de ellos es que es un espacio de la ciudad donde se hacen actos, teatro en la calle cuando llega el festival, paseo de los reyes, pasacalles en fiesta mayor, etc. Hoy había una cursa. Gente corriendo del punto A al punto A dando una vuelta por la ciudad. Sin problemas.
¿Sin problemas?, he dicho.
Bueno, a parte de los que han decidido poner la música a un volumen insufrible bien temprano para "calentar el ambiente". Y quiero aclarar una cosa. Ni A. ni yo somos una de esas parejas paranoicas a los que una risa en la calle hace que hiervan aceite y lo derramen encima de esos jovenzuelos desvergonzados que se pavonean en la rue. No. Pero los encargados de poner la música hoy han decidido que cuanto más alta, mejor. Y alta me refiero a que sonaba como si tuviéramos una puta orquesta en casa y nos siguiera de habitación en habitación al ritmo de lo peor de hace dos veranos. Las peticiones desde el balcón de que por favor bajaran la música han sido tomadas a risa y con subidas de volumen. Esa actitud chulesca de los dos jovenzuelos que se ponían palotes porque les habían dejado tocas un equipo de música es la que ha provocado que una cansada A., con el pelo rebelde, sin café en el cuerpo y poseída de no se qué espíritu vengativo, se vistiera en un suspiro y bajara a la calle preparada para tener una bronca. A. es pacífica, buena, divertida y le encanta la fiesta, la gente y el jaleo. Pero a horas tempranas y con volumen intrusivo, no.
A los segundos la música ha bajado a un volumen razonable con el espíritu de una carrera popular.
A. ha regresado y con un "ya está" ha zanjado el tema y se ha hecho un café.
Reconozco que la actitud de A. entre Gloria y Ripley me ha puesto algo tontón.
3. Comida de Reyes en casa de mi hermana M. Comer como un cerdo rodeado de familiares que comen como cerdos, jugar con los nenes y el sobrino a espías.
El juego consistía en que Niña Zombi, cuyo nombre en clave era Princesa, y mi sobrino, cuyo nombre en clave era Huevo maduro, habían descubierto que yo era un agente enemigo y me interrogaban para que dijera dónde tenían prisionera a una agente amiga. Como no hablaba se dedicaban a cortarme mi dedo favorito, luego cosérmelo para volverlo a cortar mientras me pedían perdón por clavarme la rodilla en la cara. Tortura, patadas, amenazas y solía decirles que vale, de acuerdo, hablaré, vuestra amiga está en... en... ¡el culo de tu madre! Risas, claro, y vuelta a empezar.
Ains, el sofisticado sentido del humor de los niños.
4. El héroe negro mola mucho.
Finiquitada la lectura de Black Super Power de Daniel Ausente, Aristas Martínez Ediciones, un esclarecedor, divertido y muy adictivo ensayo sobre la presencia y figura del héroe negro en cómic con excursiones a el cine y la novela.
Un ensayo que huye de lo académico, que desborda a análisis y referencias, donde subyace una crítica a ese pensamiento tan peligroso de lo "políticamente correcto", que apuesta por una visión lúdica y apasionada del cine, la literatura y la vida. Donde el autor trasmite un entusiasmo tan desbordante que induce al lector a buscar esos cómics y ver esas películas. Y despierta los recuerdos de viejos números de cómics que contenían algunos de los viejos amores de preadolescencia.
Tuesday, January 7, 2014
Sunday, January 5, 2014
Algunas cosas chulas de trabajar en una librería
Ser uno de los primeros en tocar, apoderarse y leer de esperadas novedades editoriales. ¿Por ejemplo? Recuerdo aquel séptimo volumen de Harry Potter (tres días antes), el quinto de Canción de hielo y fuego (cuatro días antes), o esos lanzamientos mundiales de bestseller que los periódicos y sumplementos culturales insisten que son muy esperados y que llaman "acontecimientos del año", pero estos no me interesan.
Y relacionado con esto, abrir las cajas y ver
- libros que esperabas.
- libros que esperabas, pero no lo sabías.
- libros que sorprenden y te das cuenta que esperabas, pero no lo sabías.
- libros, libros, libros.
Y ver que alguno de esos libros son perfectos para cliente X, para cliente G, para cliente K. Y acertar. Porque es un placer maquiavélico tener controlados los gustos literarios de algunos clientes, verlos entrar y tentarlos con esos cuentos que combinan sexo y terror, la biografía de un atracador de bancos francés de principios de siglo, una novela intimista de personas paseando por Nueva York, una novela juvenil diferente, un relato de fantastmas, etc. La sonrisita, el terror por el gasto inesperado, ese ligero temblor de un libro nuevo que se quiere, que se necesita, la mirada de puro "te odio" que lanzan al librero.
Oh, yeah baby.
Esos momentos en que aparece esa tercera parte de una saga juvenil tan esperada, llamar por teléfono a las dos o tres muchachas que hacen la serie, decirles que ha salido la nueva parte y preguntar si quieren que les guarde un ejemplar. En algunos casos (de nuevo Harry Potter o las entregas de Vampire Academy), la noticias es recibida por algunos estupendo gritos de puro deleite y eso que se llama, fangirleo.
Enterarse de algún que otro cabreo monumental de algún cliente por ir a comprar un libro cuando tengo el día libre. ¡Y ahora qué leo yo, joder! ¿Por qué Jorge tiene días libres? ¿No eran los jueves? Y enterarse de las taxativas órdenes de una clienta a su familia / amigos. Nada de experimentos. Le preguntáis a Jorge por un libro para mí. Punto. Él ya lo sabe.
La llegada de la primavera y el advenimiento del verano. No solo pierna creciente, falda menguante, sino hombros al aire y escotes vertiginosos. Ains.
Poder decir a un niño, no le hagas caso cuando le dicen eso de si tocas un libro este señor te reñirá / llamará la atención / echará / pegará.
Acertar a la primera cuando te piden un libro del que no saben el título, ni el autor, ni la editorial, ni de qué va, pero sale un mono vestido de mono en la portada, pero no estoy seguro. En muchas ocasiones es el libro de moda por lo que tampoco tiene mucho mérito.
La hora de cerrar.
El día de Sant Jordi. Ni los días de antes, ni los días de después. Solo el día de Sant Jordi con el sol radiante, la gente paseando, la locura de las seis de la tarde, las visitas de los conocidos y un siempre agradecido café con leche. Eso sí, siempre que no llueva.
Las ediciones no venales, los anticipos, las sorpresas que envían editoriales o representantes.
Ordenar con calma las estanterías y encontrar un libro que se te había escapado. Último caso: ¿cuándo llegaron los ensayos literarios de Robert Louis Stevenson y cómo es que no lo soñé / adiviné?
Y otras cositas que ya iré desgranando con el paso de las entradas.
* Próximamente haré de cosas mierda de trabajar en una librería.
Y relacionado con esto, abrir las cajas y ver
- libros que esperabas.
- libros que esperabas, pero no lo sabías.
- libros que sorprenden y te das cuenta que esperabas, pero no lo sabías.
- libros, libros, libros.
Y ver que alguno de esos libros son perfectos para cliente X, para cliente G, para cliente K. Y acertar. Porque es un placer maquiavélico tener controlados los gustos literarios de algunos clientes, verlos entrar y tentarlos con esos cuentos que combinan sexo y terror, la biografía de un atracador de bancos francés de principios de siglo, una novela intimista de personas paseando por Nueva York, una novela juvenil diferente, un relato de fantastmas, etc. La sonrisita, el terror por el gasto inesperado, ese ligero temblor de un libro nuevo que se quiere, que se necesita, la mirada de puro "te odio" que lanzan al librero.
Oh, yeah baby.
Esos momentos en que aparece esa tercera parte de una saga juvenil tan esperada, llamar por teléfono a las dos o tres muchachas que hacen la serie, decirles que ha salido la nueva parte y preguntar si quieren que les guarde un ejemplar. En algunos casos (de nuevo Harry Potter o las entregas de Vampire Academy), la noticias es recibida por algunos estupendo gritos de puro deleite y eso que se llama, fangirleo.
Enterarse de algún que otro cabreo monumental de algún cliente por ir a comprar un libro cuando tengo el día libre. ¡Y ahora qué leo yo, joder! ¿Por qué Jorge tiene días libres? ¿No eran los jueves? Y enterarse de las taxativas órdenes de una clienta a su familia / amigos. Nada de experimentos. Le preguntáis a Jorge por un libro para mí. Punto. Él ya lo sabe.
La llegada de la primavera y el advenimiento del verano. No solo pierna creciente, falda menguante, sino hombros al aire y escotes vertiginosos. Ains.
Poder decir a un niño, no le hagas caso cuando le dicen eso de si tocas un libro este señor te reñirá / llamará la atención / echará / pegará.
Acertar a la primera cuando te piden un libro del que no saben el título, ni el autor, ni la editorial, ni de qué va, pero sale un mono vestido de mono en la portada, pero no estoy seguro. En muchas ocasiones es el libro de moda por lo que tampoco tiene mucho mérito.
La hora de cerrar.
El día de Sant Jordi. Ni los días de antes, ni los días de después. Solo el día de Sant Jordi con el sol radiante, la gente paseando, la locura de las seis de la tarde, las visitas de los conocidos y un siempre agradecido café con leche. Eso sí, siempre que no llueva.
Las ediciones no venales, los anticipos, las sorpresas que envían editoriales o representantes.
Ordenar con calma las estanterías y encontrar un libro que se te había escapado. Último caso: ¿cuándo llegaron los ensayos literarios de Robert Louis Stevenson y cómo es que no lo soñé / adiviné?
Y otras cositas que ya iré desgranando con el paso de las entradas.
* Próximamente haré de cosas mierda de trabajar en una librería.
Friday, January 3, 2014
Erotismo y nata
No soy mucho de mezclar comida con erotismo, pero Natalie Wood en La carrera del siglo me pierde.
Cubierta de nata
Cubierta de nata
y sin ella
Wednesday, January 1, 2014
Carta a los reyes
1 de enero de 2014.
Empieza un nuevo año justo donde terminó otro siguiendo un calendario establecido de forma arbitraria hace un puñao de años (más de veinte) por unos tipos listos que no tenían otra cosa que hacer. A todos, que sea un buen año y que no se cumplan esos deseos de los presentadores de las campanadas que dicen eso tan malrrollero e inquietante de
Empieza un nuevo año justo donde terminó otro siguiendo un calendario establecido de forma arbitraria hace un puñao de años (más de veinte) por unos tipos listos que no tenían otra cosa que hacer. A todos, que sea un buen año y que no se cumplan esos deseos de los presentadores de las campanadas que dicen eso tan malrrollero e inquietante de
Feliz (inserte año correspondiente) y que el próximo año sea al menos tan bueno como éste.
¿Cómo empezó el año? Bueno, con A. y los nenes en casa viendo capítulos de
y antes de la una de la madrugada ya estábamos los seis (incluyo a los gatos) durmiendo.
Con todo lo que habíamos sido.
Y a las ocho y media, diana. Arriba, meadita, poner comida a los gatos, ducha de agua fría (sórdida historia con la presión del agua que no comentaré ahora), vestirse, cafetito, despertar a los niños y prepararse para llevar la carta a los Reyes. Porque hoy es el día. Hoy los trabajadores no asalariados de sus majestades los Reyes Magos de Oriente recogen la carta de los niños llenas de sueños, esperanzas, regalos y juguetes que han visto en interminables catálogos de centros comerciales, material audiovisual de última generación y un "lo que vosotros queráis" en el que se intuye algo así como "pero que no sea una mierda". Niños vestidos, Jorge vestidos, gatos vestidos, A. medio dormida y nos vamos a hacer cola media hora antes de que abran puertas y enormes pajes con cara de mala hostia nos hagan circular en correcto orden y sin ningún concierto para amenizar la espera con buenas versiones de jazz clásico (por pedir...).
Llegamos a la cola. Y desde el primer momento algo raro sucede. Ya sé que estaréis pensando que lo que ocurre es que tengo una sobredosis de Doctor Who, candidatos de Manchuria, ladrones de cuerpos o hipnosis autoinducida, pero la cola era diferente a la de otros años. No había rastro de abuelas ninja intentando colar a sus nietos para ganar dos puestos, no había padres escupe fotos, ni críos histéricos correteando arriba y abajo. No sé si era la hora temprana, la situación socioeconómica o que no me fijo lo suficiente, pero no era como otros años. Mucho más tranquilo.
A las diez y media en punto abren las puertas del recinto donde se concentran los pajes y la cola empieza a avanzar. A. no estaba con nosotros. Se había quedado en casa tirando café con leche por el suelo de la sala. Sus motivos tendría. Al final ha aparecido cuando estábamos a punto de entrar en el Ateneu, el edificio donde los pajes recogen en Igualada las cartas. Y seguía tranquila. Poca presencia de pajes en la calle. Otros años aquello estaba plagado de caras negras, plumas, grandes pendientes de oro repartiendo sonrisas y caramelos a los niños, hablando con ellos, preguntando si se habían portado bien, si eran buenos y otras cuestiones personales. Nada. Y al entrar, peor.
Una alfombra roja. Nosotros, con los niños y un montón de desconocidos, caminando casi en silencio. Y a lado y lado, dos filas perfectas de pajes. No hacían nada. Solo nos miraban y callaban. En silencio. Nada de acercarse, dar caramelos, aceptar fotos. El silencio. La mirada escrutadora. El juicio. Los años anteriores llamaban a los niños, caramelos, más preguntas, pero hoy... nada. Solo un paje entrada en años y faja apretada que pedía velocidad, circulación, rapidez y nada de detenerse. Avanzar, avanzar, prisas, prisas, avanzar. Y en nada hemos cruzado las puertas del teatro y nos hemos visto delante de uno de los pajes que recogen la carta.
¿Qué tal? ¿Buenos? ¿Os habéis portado bien? ¿Sí? No os peléis, menos ordenador y consolas, ayudad a mamá, haced las camas y anda toma una moneda de chocolate y un caramelo, FOTO, circulen.
Y a la calle con un globo, poster, libro y punto de libro publicitario por niño y para casa. Ya está. Sinceramente, un rollo desangelado sin mucha gracia, participación e interacción paje/niño. Niño Lobo y Niña Zombi se han quedado algo desilusionados por lo frío que ha sido toda la recepción de la carta, pero se les ha pasado pronto. ¿Por qué?
Ains.
A., ya lo sabéis, es mi contraste. Es la más mejor mujer del mundo y una de la cosas que más le gustan en el mundo es tener la casa llena de gente. Porque ella lo vale. Y este año ha inaugurado una tradición que quiere perpetuar y que me encargaré de boicotear; ha montado una chocolatada en casa para niños y padres que tras dejar la carta a los pajes quieran pasar a tomar un refrigerio. Así de repente me he encontrado la casa tomada por padres y niños correteando disfrazados por casa de superhéroes, magos, hadas travestidas mientras los padres se tomaban un chocolate caliente y miraban fotos de buenorras dándose el lote o cimbreles de tamaños imposibles. Ellos sabrán por qué. Los gatos se han escondido debajo de la cama en un envidiable acto de asocialidad gatuna que quería imitar, pero no me han dejado. Así que me he visto ejerciendo de anfitrión con mis atrofiadas aptitudes sociales. ¿Y A.? Jugando con los niños, claro. Y yo, manteniendo balbuceantes conversaciones. Suerte que los que han venido ya me conocen y saben que soy una ameba social con mano involuntaria con los críos. En cuanto me encuentro con gente en casa entro en shock.
Pero ellos tranquilos, se relajan y cumplen esa ley no escrita que empieza a correr por este mundo, en casa de A. sabes cuando entras, pero no cuando sales.
¿Por qué? Por los disfraces, las pinturas, el material de manualidades, los sofás movibles, los gatos, esa cueva de las maravillas repleta de juguetes increíbles que es el despacho de Jorge (donde no se entra), los juguetes, la casa de muñecas, los muñecos inventados, amplias habitaciones, pasillo interminable, portales dimensionales, monstruos en el escobero, figuritas, chucherías y miles de sorpresas. Es como la fabrica de chocolate y la tienda mágica del señor Magorium regentada por una mujer simpática, encantadora, abierta y agradable que además está muy buena. Y que comparte vida con el Grinch.
Pero al final, cada oveja a su corral y pasando la tarde tranquilos. Los nenes viendo un par de películas, A. preparando el taller que tiene mañana y yo pegándome la primera siesta de la hostia del año.
Por cierto, vuelvo a mi plan original de conquistar el mundo. Para Reyes he pedido un robot gigante termonuclear y armado con lo último en armas y que dispare lubinas mutantes. Os mantendré informado.
A las diez y media en punto abren las puertas del recinto donde se concentran los pajes y la cola empieza a avanzar. A. no estaba con nosotros. Se había quedado en casa tirando café con leche por el suelo de la sala. Sus motivos tendría. Al final ha aparecido cuando estábamos a punto de entrar en el Ateneu, el edificio donde los pajes recogen en Igualada las cartas. Y seguía tranquila. Poca presencia de pajes en la calle. Otros años aquello estaba plagado de caras negras, plumas, grandes pendientes de oro repartiendo sonrisas y caramelos a los niños, hablando con ellos, preguntando si se habían portado bien, si eran buenos y otras cuestiones personales. Nada. Y al entrar, peor.
Una alfombra roja. Nosotros, con los niños y un montón de desconocidos, caminando casi en silencio. Y a lado y lado, dos filas perfectas de pajes. No hacían nada. Solo nos miraban y callaban. En silencio. Nada de acercarse, dar caramelos, aceptar fotos. El silencio. La mirada escrutadora. El juicio. Los años anteriores llamaban a los niños, caramelos, más preguntas, pero hoy... nada. Solo un paje entrada en años y faja apretada que pedía velocidad, circulación, rapidez y nada de detenerse. Avanzar, avanzar, prisas, prisas, avanzar. Y en nada hemos cruzado las puertas del teatro y nos hemos visto delante de uno de los pajes que recogen la carta.
¿Qué tal? ¿Buenos? ¿Os habéis portado bien? ¿Sí? No os peléis, menos ordenador y consolas, ayudad a mamá, haced las camas y anda toma una moneda de chocolate y un caramelo, FOTO, circulen.
Y a la calle con un globo, poster, libro y punto de libro publicitario por niño y para casa. Ya está. Sinceramente, un rollo desangelado sin mucha gracia, participación e interacción paje/niño. Niño Lobo y Niña Zombi se han quedado algo desilusionados por lo frío que ha sido toda la recepción de la carta, pero se les ha pasado pronto. ¿Por qué?
Ains.
A., ya lo sabéis, es mi contraste. Es la más mejor mujer del mundo y una de la cosas que más le gustan en el mundo es tener la casa llena de gente. Porque ella lo vale. Y este año ha inaugurado una tradición que quiere perpetuar y que me encargaré de boicotear; ha montado una chocolatada en casa para niños y padres que tras dejar la carta a los pajes quieran pasar a tomar un refrigerio. Así de repente me he encontrado la casa tomada por padres y niños correteando disfrazados por casa de superhéroes, magos, hadas travestidas mientras los padres se tomaban un chocolate caliente y miraban fotos de buenorras dándose el lote o cimbreles de tamaños imposibles. Ellos sabrán por qué. Los gatos se han escondido debajo de la cama en un envidiable acto de asocialidad gatuna que quería imitar, pero no me han dejado. Así que me he visto ejerciendo de anfitrión con mis atrofiadas aptitudes sociales. ¿Y A.? Jugando con los niños, claro. Y yo, manteniendo balbuceantes conversaciones. Suerte que los que han venido ya me conocen y saben que soy una ameba social con mano involuntaria con los críos. En cuanto me encuentro con gente en casa entro en shock.
Pero ellos tranquilos, se relajan y cumplen esa ley no escrita que empieza a correr por este mundo, en casa de A. sabes cuando entras, pero no cuando sales.
¿Por qué? Por los disfraces, las pinturas, el material de manualidades, los sofás movibles, los gatos, esa cueva de las maravillas repleta de juguetes increíbles que es el despacho de Jorge (donde no se entra), los juguetes, la casa de muñecas, los muñecos inventados, amplias habitaciones, pasillo interminable, portales dimensionales, monstruos en el escobero, figuritas, chucherías y miles de sorpresas. Es como la fabrica de chocolate y la tienda mágica del señor Magorium regentada por una mujer simpática, encantadora, abierta y agradable que además está muy buena. Y que comparte vida con el Grinch.
Pero al final, cada oveja a su corral y pasando la tarde tranquilos. Los nenes viendo un par de películas, A. preparando el taller que tiene mañana y yo pegándome la primera siesta de la hostia del año.
Por cierto, vuelvo a mi plan original de conquistar el mundo. Para Reyes he pedido un robot gigante termonuclear y armado con lo último en armas y que dispare lubinas mutantes. Os mantendré informado.
Tuesday, December 31, 2013
Un año raro
2013 ha sido un año muy raro para el blog.
Durante los 365 días ha estado basculando entre la permanencia y la desaparición. Mil matices de gris es un blog que se nutre del día a día y del absurdo que extraigo de ello, pero este año el día a día se ha convertido en algo demasiado duro y eso que llaman realidad me ha soltado una sonora hostia que me ha dejado aturdido y sin ganas de matizar nada. Digamos que, por una vez, no me pude tomar las cosas con humor. Y sí, hablamos de la situación del día a día, del maldito dinero y del no dormir. De gente que en la tienda desprecia y se ríe de aquellos que necesitan una beca, de aquellos que se creen que tienen una posición mejor que la de un simple dependiente y se permiten jugar a la humillación y el feudalismo, de los nervios, los quizá y los y sí no...
Trampas y conciencia de que lo son, pero este año, en muchos momentos, he caído en ellas.
Pero, bueno, el año se acaba y la intención es que el 2014 sea diferente. Nueva madrina, nuevos planteamientos y regreso a los orígenes. A aquel blog que hablaba de música, libros, películas, juegos, cosas que pasaban en la librería, conversaciones, etc. Volver al día a día y no dejarse comer más terrero. Llevo más de ochocientas treinta entradas. En el 2014 me gustaría llegar a las mil.
Feliz año.
Durante los 365 días ha estado basculando entre la permanencia y la desaparición. Mil matices de gris es un blog que se nutre del día a día y del absurdo que extraigo de ello, pero este año el día a día se ha convertido en algo demasiado duro y eso que llaman realidad me ha soltado una sonora hostia que me ha dejado aturdido y sin ganas de matizar nada. Digamos que, por una vez, no me pude tomar las cosas con humor. Y sí, hablamos de la situación del día a día, del maldito dinero y del no dormir. De gente que en la tienda desprecia y se ríe de aquellos que necesitan una beca, de aquellos que se creen que tienen una posición mejor que la de un simple dependiente y se permiten jugar a la humillación y el feudalismo, de los nervios, los quizá y los y sí no...
Trampas y conciencia de que lo son, pero este año, en muchos momentos, he caído en ellas.
Pero, bueno, el año se acaba y la intención es que el 2014 sea diferente. Nueva madrina, nuevos planteamientos y regreso a los orígenes. A aquel blog que hablaba de música, libros, películas, juegos, cosas que pasaban en la librería, conversaciones, etc. Volver al día a día y no dejarse comer más terrero. Llevo más de ochocientas treinta entradas. En el 2014 me gustaría llegar a las mil.
Feliz año.
Tuesday, December 10, 2013
Eleanor Parker
Hoy el blog está de luto. Ayer murió Eleanor Parker, una de nuestras actrices favoritas y que protagonizó un buen puñado de películas con las que disfrutamos.
Desde la maravillosa Scaramouche hasta Con él llegó el escándalo (pero, claro, en esta salía acompañada de Robert Mitchum por lo que era buena seguro), desde la simpatía desbordante de Un millonarío para Christie a ese folletín melodramático y calenturiento de Cuando ruge la marabunta que convirtió una plaga de hormigas en metáfora de otros ardores no resueltos. El dramatismo de Sin remisión, la pura aventura imposible de El valle de los reyes, la baronesa de Sonrisas y lágrimas (personaje que consiguió que deseara que los nazis pillaran a la monja y a los niños y el prota se quedara con ésta para viajar por el mundo) o el patetismo de El hombre del brazo de oro.
Y por mucho que estas sucesos no sean inesperados, dejan un poso de tristeza ya que es una figura que ha acompañado en los viajes cinematográficos y que junto con otras muchas es responsable de la forma que tengo de disfrutar el cine, la vida, el universo y todo lo demás. Eleanor Parker me enseño que las pelirrojas son estupendas y que siempre son mucho mejores y más divertidas las pecadoras. Ah, y que un piano usado siempre suena mucho mejor.
Ahora tocará darse un homenaje un día de estos con Brigada 21.
Y por mucho que estas sucesos no sean inesperados, dejan un poso de tristeza ya que es una figura que ha acompañado en los viajes cinematográficos y que junto con otras muchas es responsable de la forma que tengo de disfrutar el cine, la vida, el universo y todo lo demás. Eleanor Parker me enseño que las pelirrojas son estupendas y que siempre son mucho mejores y más divertidas las pecadoras. Ah, y que un piano usado siempre suena mucho mejor.
Ahora tocará darse un homenaje un día de estos con Brigada 21.
Sunday, December 8, 2013
Niños
El jueves por la noche tuvimos invitados a dormir.
Una niña.
Amiga de Niña Zombie.
Rubia. Con ojos y manos y piernas y camina y habla y corretea por casa emitiendo ruidos y de vez en cuando emite un ayyyyyyyyy, pero a los tres segundos, nada.
Como otros niños que en algún momento han estado comiendo/merendando/cenando/durmiendo en casa.
Porque yo soy desagradable y antisocial, pero el resto de personas que viven en esta casa son lo contrario y estas habitaciones y pasillos suelen estar repletos de personas, risas, manualidades, meriendas y alegría que suele acabar con la frase, "vamonos, que está a punto de llegar Jorge".
Soy una especie de ogro jodefiestas y reuniones.
Y ya me gusta ya.
Pero de vez en cuando tengo que confraternizar y limpiar mis dotes sociales. Como el jueves con la amiguita de Niña Zombie a la que llamaremos M.
A ver, lo de confraternizar es un decir porque mis dotes sociales consisten en ir cambiando a la habitación donde en ese momento no haya nadie o encerrarme en la cocina con una escopeta y la excusa de que tengo que cocinar.
Y la gente suele respetar eso. Mis otras cualidades hacen que el hecho de ser una ameba social sea considerado una de mis excentricidades. Cocino bien, en pequeño comité tengo una conversación agradable y hasta digo alguna frase graciosa.
En general, el mundo lo respeta. Los niños, no. Porque sin saber el motivo, los niños sienten una enorme fascinación por mi seriedad, mi desprecio y mis aparta de aquí y acaban encariñándose conmigo. ¿Qué no está Jorge? ¿Qué Jorge estará en casa? ¿Qué Jorge vendrá a esta fiesta con trescientos niños en el parque de atracciones? Y cuando entro en casa se acercan corriendo e intentan abrazarme y cómo te hemos echado de menos y, claro, yo solo puedo contestar.
- Largo.
- Aparta.
- No me toques.
- ¿Y tú quién eres?
Y lo digo en serio, porque no me gustan los niños. Pero para mi desgracia, a los niños sí que les gusto yo. Les hago gracia y me pillan cariño. Mis continuos desprecios los toman a broma y se ríen y quieren sentarse a mi lado a la mesa. Y aunque quiero huir de ellos, no me dejan así que no me queda otra que intentar pasarlo bien con ellos y enseñarles palabrotas, mentirles sobre la verdadera naturaleza del cariño de sus padres o convencerles que a los reyes magos les hace gracia los niños cabroncetes que juegan con clavos.
Pero me hacen mucho caso. Se limitan a reírse, decir que estoy de broma e intentar darme un abrazo que esquivo con la habilidad que solo da la experiencia. Y este rechazo solo provoca más carcajadas y que su percepción de que yo soy un amigo crezca. No importa cuánto me queje yo, para los niños y para mi desgracia, yo soy su amigo.
Y si al menos se dejaran manipular para crear mi propio ejercito para conquistar de una vez por todas el mundo...
Una niña.
Amiga de Niña Zombie.
Rubia. Con ojos y manos y piernas y camina y habla y corretea por casa emitiendo ruidos y de vez en cuando emite un ayyyyyyyyy, pero a los tres segundos, nada.
Como otros niños que en algún momento han estado comiendo/merendando/cenando/durmiendo en casa.
Porque yo soy desagradable y antisocial, pero el resto de personas que viven en esta casa son lo contrario y estas habitaciones y pasillos suelen estar repletos de personas, risas, manualidades, meriendas y alegría que suele acabar con la frase, "vamonos, que está a punto de llegar Jorge".
Soy una especie de ogro jodefiestas y reuniones.
Y ya me gusta ya.
Pero de vez en cuando tengo que confraternizar y limpiar mis dotes sociales. Como el jueves con la amiguita de Niña Zombie a la que llamaremos M.
A ver, lo de confraternizar es un decir porque mis dotes sociales consisten en ir cambiando a la habitación donde en ese momento no haya nadie o encerrarme en la cocina con una escopeta y la excusa de que tengo que cocinar.
Y la gente suele respetar eso. Mis otras cualidades hacen que el hecho de ser una ameba social sea considerado una de mis excentricidades. Cocino bien, en pequeño comité tengo una conversación agradable y hasta digo alguna frase graciosa.
En general, el mundo lo respeta. Los niños, no. Porque sin saber el motivo, los niños sienten una enorme fascinación por mi seriedad, mi desprecio y mis aparta de aquí y acaban encariñándose conmigo. ¿Qué no está Jorge? ¿Qué Jorge estará en casa? ¿Qué Jorge vendrá a esta fiesta con trescientos niños en el parque de atracciones? Y cuando entro en casa se acercan corriendo e intentan abrazarme y cómo te hemos echado de menos y, claro, yo solo puedo contestar.
- Largo.
- Aparta.
- No me toques.
- ¿Y tú quién eres?
Y lo digo en serio, porque no me gustan los niños. Pero para mi desgracia, a los niños sí que les gusto yo. Les hago gracia y me pillan cariño. Mis continuos desprecios los toman a broma y se ríen y quieren sentarse a mi lado a la mesa. Y aunque quiero huir de ellos, no me dejan así que no me queda otra que intentar pasarlo bien con ellos y enseñarles palabrotas, mentirles sobre la verdadera naturaleza del cariño de sus padres o convencerles que a los reyes magos les hace gracia los niños cabroncetes que juegan con clavos.
Pero me hacen mucho caso. Se limitan a reírse, decir que estoy de broma e intentar darme un abrazo que esquivo con la habilidad que solo da la experiencia. Y este rechazo solo provoca más carcajadas y que su percepción de que yo soy un amigo crezca. No importa cuánto me queje yo, para los niños y para mi desgracia, yo soy su amigo.
Y si al menos se dejaran manipular para crear mi propio ejercito para conquistar de una vez por todas el mundo...
Subscribe to:
Posts (Atom)
.jpg)













