Ser uno de los primeros en tocar, apoderarse y leer de esperadas novedades editoriales. ¿Por ejemplo? Recuerdo aquel séptimo volumen de Harry Potter (tres días antes), el quinto de Canción de hielo y fuego (cuatro días antes), o esos lanzamientos mundiales de bestseller que los periódicos y sumplementos culturales insisten que son muy esperados y que llaman "acontecimientos del año", pero estos no me interesan.
Y relacionado con esto, abrir las cajas y ver
- libros que esperabas.
- libros que esperabas, pero no lo sabías.
- libros que sorprenden y te das cuenta que esperabas, pero no lo sabías.
- libros, libros, libros.
Y ver que alguno de esos libros son perfectos para cliente X, para cliente G, para cliente K. Y acertar. Porque es un placer maquiavélico tener controlados los gustos literarios de algunos clientes, verlos entrar y tentarlos con esos cuentos que combinan sexo y terror, la biografía de un atracador de bancos francés de principios de siglo, una novela intimista de personas paseando por Nueva York, una novela juvenil diferente, un relato de fantastmas, etc. La sonrisita, el terror por el gasto inesperado, ese ligero temblor de un libro nuevo que se quiere, que se necesita, la mirada de puro "te odio" que lanzan al librero.
Oh, yeah baby.
Esos momentos en que aparece esa tercera parte de una saga juvenil tan esperada, llamar por teléfono a las dos o tres muchachas que hacen la serie, decirles que ha salido la nueva parte y preguntar si quieren que les guarde un ejemplar. En algunos casos (de nuevo Harry Potter o las entregas de Vampire Academy), la noticias es recibida por algunos estupendo gritos de puro deleite y eso que se llama, fangirleo.
Enterarse de algún que otro cabreo monumental de algún cliente por ir a comprar un libro cuando tengo el día libre. ¡Y ahora qué leo yo, joder! ¿Por qué Jorge tiene días libres? ¿No eran los jueves? Y enterarse de las taxativas órdenes de una clienta a su familia / amigos. Nada de experimentos. Le preguntáis a Jorge por un libro para mí. Punto. Él ya lo sabe.
La llegada de la primavera y el advenimiento del verano. No solo pierna creciente, falda menguante, sino hombros al aire y escotes vertiginosos. Ains.
Poder decir a un niño, no le hagas caso cuando le dicen eso de si tocas un libro este señor te reñirá / llamará la atención / echará / pegará.
Acertar a la primera cuando te piden un libro del que no saben el título, ni el autor, ni la editorial, ni de qué va, pero sale un mono vestido de mono en la portada, pero no estoy seguro. En muchas ocasiones es el libro de moda por lo que tampoco tiene mucho mérito.
La hora de cerrar.
El día de Sant Jordi. Ni los días de antes, ni los días de después. Solo el día de Sant Jordi con el sol radiante, la gente paseando, la locura de las seis de la tarde, las visitas de los conocidos y un siempre agradecido café con leche. Eso sí, siempre que no llueva.
Las ediciones no venales, los anticipos, las sorpresas que envían editoriales o representantes.
Ordenar con calma las estanterías y encontrar un libro que se te había escapado. Último caso: ¿cuándo llegaron los ensayos literarios de Robert Louis Stevenson y cómo es que no lo soñé / adiviné?
Y otras cositas que ya iré desgranando con el paso de las entradas.
* Próximamente haré de cosas mierda de trabajar en una librería.
Sunday, January 5, 2014
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