No, abril no es el mes más cruel. El verdadero está ahí, en silencio. Acechando.
El mes más cruel del año en verdad es un cuatrimestre. Mediados de junio / julio / agosto / septiembre / mediados de octubre. Cuatro meses de horror, mal rollo, caras largas, reproches, quejas, abusos, algunos insultos y en un par de ocasiones, intentos de agresión. Cajas y cajas repletas de un material desagradecido y aburrido. Precios abusivos. Padres frustrado por la falta de dinero que descargan parte de su mala leche con el desgraciado que tienen delante y que no tiene culpa ninguna: el librero.
Se acerca. Sigilosa. Sin pausa. En silencio para que el librero se confíe y, entonces, sin avisar.
Igual que una calumnia que empieza siendo un rumorcillo y acaba estallando en una tempestad violenta que arranca los pezones desprevenidos. Sin dar noticias, oculta entre servicios de novedades y los primeros escotes del verano. Para que cuando más confiado y tranquilo estés, zas. Aquí estoy. Con esos listas equivocadas, con los errores y cambios de última hora, con esos colegios de donde dije Diego dije que te jodas.
Soy la puta campaña de texto de todos los años. Que es importante y necesaria, pero como jode.
Unos meses de puro infierno. Siempre que llega Sant Joan pido disculpas y pido paciencia a quienes me rodean. Los niveles de estrés, mala leche y ganas de matar llegan a zonas de peligro extremo. Prefiero las navidades, tres Sant Jordis y la típica incursión mongola que azota Igualada con sus matanzas, violaciones y saqueos en el mes de mayo. Lo que sea, antes que otra campaña de revisar listas, hacer lotes, dar los precios, hacer pedidos y pasar todo el mes de agosto en la tienda entre el workbook de inglés y el cuadernito de catalán.
Ya sé que cada año me quejo de lo mismo, pero es que cada uno de ellos tiene una campaña.
Por suerte, este año me pilla preparado.
Más o menos.




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