Thursday, May 3, 2012

Uno de los grandes odios

Hoy vengo a hablar de un gran odio. De los viscerales, de los que convierten a un triste, aburrido y pacífico librero con cara de Sant Jordi pasó y para el texto faltan unas semanas, en un tipo despeinado, armado con una escopeta / sierra eléctrica / peine quemado que se lanza por los hipermercados chillando a voz en grito "estoy muy loco" y mutilando inocentes botellas de refresco. Algo que me hace ir en menos de cinco segundos de "te quiero mucho, soy muy feliz" a "me cago en la puta hostia mierda que mamasteis todos joder joder joder". Hoy vengo a hablar de nuestro querido enemigo: el cable.


Y, por extensión, del odio injustificado, irracional y violento que albergo hacia Lord Kelvin, por haber inventado en 1958 el cable flexible.

El listo.

Ya sé que odiar a Lord Kelvin es injusto y que los inventos no tienen un padre único (a excepción de la gravedad); son producto de la colaboración, la herencia de conocimientos y el robo y apropiación ilegítima de descubrimientos (díselo a Edison que era un experto en inspirarse en trabajo ajeno), pero en Lord Kelvin resumo toda la frustración e impotencia por un objeto que no ha hecho la vida más fácil, que se dedica a retorcerse y complicarse porque sí y del que dependemos.

Sí que ha hecho la vida más fácil, dirán algunos. Permiten que la electricidad llegue a casi todos los sitios, facilita la construcción, las comunicaciones y bla bla bla. Pendejadas. Es lo que ALGUIEN quiere que creamos... Si llegan a todos lados es para controlarnos, ponernos de mal humor y fomentar otra dependencia hacia un objeto.

Cables para el ordenador, para la tele, para el teléfono, para los libros electrónicos (una de las razones por las que no tengo un bicho de esos es que no quiero que mis horas de placer lector dependan de una batería y de un cable. ¿Suena a excusa para no adaptarme a los nuevos tiempos y a las nuevas tecnologías? Sí, lo es), para la batidora y tostadora, para los enfermos en los hospitales, para los monstruos eléctricos, etc. Y acompañados de regletas que solo sirven para llenarse de polvo y proporcionar un origen al enredo. ¿Cuántas horas de mi vida desperdiciadas desliando los cables de los cascos del discman, buscando la batería de un aparato que tampoco necesito tanto, investigando cuál es la forma más fácil de desliar esos cuatro cables que nadie a mezclado? La naturaleza misteriosa que lleva a los cables a enredarse entre ellos hasta límites y la frustración que experimento cada vez que tengo que mover un mueble y empiezo a arrastrar cables que juraría que había arreglado cinco minutos antes. Los recuerdos de la época en que trabajaba  de técnico teatral y tanto cable hecho mierda que arreglar después de los espectáculos.


Me pone de mal humor. Los cables me ponen de mal humor. No me gustan y yo no les gusto a ellos. Lo sé. Lo noto en su forma de enredarse entre ellos y acumular polvo. No me gustan de la misma forma que no me gusta hacer una cafetera, ver una cucharilla dentro de un vaso / taza o los delfines (algún día hablare de los pijos señoritingos del mar). Puede que sea injusto, es irracional y no tiene justificación, pero es lo que hay. Forma parte del encanto de persona que soy.

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