Un servidor y el escritor y humorista Martín Piñol (y que también es padrino de mi blog de literatura juvenil) caminábamos a paso rápido por una calle desierta huyendo de un grupo de armarios empotrados que consideraban que habíamos sido demasiado simpáticos con sus novias en nuestro número cómico. Huyendo huyendo como buenos supervivientes (aunque los envidiosos nos llamarían cobardes) acabábamos escondidos en un coche abandonado con la compañía de un travesti que respondía al nombre artístico de Canela y que solía trabajar disfrazada de superheroina porque, según palabras textuales, "los frikis de este mundo también tienen derecho a vivir la fantasia de tirarse a una heroina con un buen par de tetas".
Canela era algo así.
Nos hacían gracia los comentarios de Canela y acabábamos convenciéndola de que se viniera a vivir con nosotros (según parece Martín Piñol y yo compartíamos piso), dejara la prostitución y se dedicara a ser cómica aprovechando todo el potencial de anécodtas que su trabajo le había dado. Ella aceptaba y a partir de entonces vivíamos fantásticas y muy divertidas aventuras (entre las que estaban quitarle el miedo escénico a Canela o los consejos que ella nos daba para ligarnos a dos cómicas que, naturalmente, pasaban de nosotros).
Pero el sueño continuaba y se rizaba el rizo. Todo lo que soñado anteriormente no era más que el visionado del capítulo piloto para una serie de televisión que Martín Piñol y yo habíamos escrito y protagonizábamos. En ella queríamos hacer un retrato del mundo del cómico de bar, de sus relaciones, de cómo trabajaba, preparaba el material, etc. En un momento del sueño lo definíamos a unos directivos diciendo que era una mezcla entre:
Reconozco que lo de Fulci me despista un poco, la verdad.
El piloto lo habíamos rodado para una cadena de televisión española, pero nos las habían rechazado con el argumento de "una serie de risa española no puede durar menos de dos horas y vosotros prentendéis que los capítulos no pasen de veintiun minutos. Anda y que os follen, pringados." Pero el visionado del piloto no lo hacíamos con esos directivos, sino con otros señores con corbata que nos acababan de comprar la serie para otra cadena de televisión. ¿Cuál? Pues ésta:
Nos llamaban genios de la comedia y nos daban absoluta libertad creativa y un sustancioso cheque.
Fin del sueño.
A veces es que le daría una cantidad de besos a mi subconsciente que me lo comería y todo.






0 comments:
Post a Comment