Cerré los ojos para volver a dormir y regresar a ese agradable sueño donde dejaba de lado los apocalipsis, las epidemias, las muertes y soñaba con que era jurado en el apasionante mundo de los concursos de stripscrable. Imposible porque volví a oír esa voz que susurraba mi nombre, un susurro de grito callado, de ese grito bajo que hacemos cuando queremos gritar, pero sabemos que hay personas que duermen y queda como un grito apagado o un susurro amplificado.
- Jorge, Jorge, Jorge...
¿Quién era y por qué gritaba susurrando mi nombre? Me quedé paralizado en la cama. Oi unos pasos que se acercaban. Cerré los ojos y finjí un sueño que tenía, pero que no podía recuperar. Un aliento calido empezó a recorrer mi cuerpo. Unas pequeñas manos me tocaron la cara.
Joder. Apreté con fuerza los ojos, dejé escapar uno de esos pedos que señalizan de forma clara que uno está dormido. Intenté trabajar una respiración que se acercara al ronquido. Nada parecía funcionar. Unas pequeñas manos me volvieron a tocar la cara. Mi nombre susurrado.
- Jorge, Jorge, Jorge.
Abrí los ojos. Era Niño Lobo.
- Jorge... es que no llego al bote de colacao y quiero desayunar.
Y como es bien sabido, lo que un niño de cuatro años dice en calzoncillos a las siete y cincuenta de la mañana es ley. Así que me levanté también yo en calzoncillos, le di el bote de colacao para que se hiciera el desayuno y me preparé un café para dar la pronta bienvenida a este domingo. Resulta irónico, pensé, uno se está levantando todos los días a las ocho y media soñando con el domingo, y cuando éste llega uno se levanta a las siete y cincuenta. Hay que joderse. Y todo por la presencia de Niña Zombi y Niño Lobo, dos personitas que entraron en mi vida cuando A. entró en mi vida.
Con vosotros, Niña Zombie y Niño Lobo.
Los domingos por la mañana nunca han vuelto a ser igual.

0 comments:
Post a Comment